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4 increíbles historias de madres que dieron todo por sus hijos


Mamá pulpo

Tener un hijo con discapacidad implica un desafío físico, mental, y sentimental, que ellas enfrentan de una manera especial. Son madres llenas de paciencia, entrega y amor, el amor más grande y puro que pueda existir.

Este es el caso de Mariana Rodríguez y su eterna sonrisa. Es un gesto común en su rostro, siempre la tuvo y aún la mantiene, a pesar del sacrificio y sufrimiento que le trajo la enfermedad de Marquitos.

Su familia es numerosa. Viven los cinco hijos, ella y su marido, en una casa en Buenos Aires. Pero no todo siempre fue alegría. El menor de los niños estuvo al borde de la muerte al nacer, a raíz de una fuerte neumonía. Marquitos luchó y sobrevivió, pero el medicamento que le salvó la vida le trajo consecuencias que lo marcarían para siempre. Perdió la audición.

Mariana aprendió que las alegrías muchas veces vienen acompañadas de adversidades, y que si no sabes enfrentarlas con fe y optimismo, el mundo se te puede venir abajo en un segundo.

Hasta ese momento, su hijo sólo podía decir papá y agua. No esperó más tiempo y decidió actuar; renunció a su trabajo, inscribió a Marquitos en un colegio especial para hipoacústicos, y cuando cumplió cuatro años, pagó la operación que el niño tanto necesitaba. Al pequeño le pusieron un implante coclear (que estimula el nervio auditivo) y la vida le cambió radicalmente. Su madre pudoescucharlo cantar por primera vez.

Para Mariana Rodríguez hay distintas formas de vivir la vida, y esta es la que le tocó. Ser madre implica hacer malabares todos los días y así poder entregarles cariño y atención a los hijos, ella lo define como ser una “mamá pulpo”, sobre todo por el caso de Marquitos “Toda la paciencia y el esfuerzo dedicado a él es lo que me hace realmente feliz, es algo que quiero hacer hasta el último de mis días”

 

 

El sacrificio de una madre

El 11 de marzo del 2011, un grupo de rescatistas intentaban levantar los escombros del terremoto que acababa de azotar a Japón. El esfuerzo de los hombres por encontrar cuerpos con vida se hacía cada vez más difícil, hasta que uno de los voluntarios encontró algo que llamó su atención.

Entre los restos de una casa derrumbada, se encontraba una mujer con la espalda y el cuello quebrados por el impacto de las paredes, pero su posición les pareció extraña. La japonesa se encontraba de rodillas, con los brazos en el suelo, como si estuviera orando. Uno de los rescatistas se acercó para tomarle el pulso y verificar que se trataba de un cuerpo sin vida. Al no encontrar signos vitales en la mujer se retiraron decepcionados.

Repentinamente, uno de los hombres sintió la necesidad de volver a ver el cuerpo. No supo explicar el porqué, pero logró convencer al grupo de regresar a los escombros donde habían encontrado a la mujer. Él quería revisar nuevamente.

¡Un niño! Gritó. Debajo el cuerpo de aquella persona, se encontraba un bebé de tres meses envuelto en una manta. Ahora, el cadáver no era una incógnita, si no que se trataba de una madre que al no ver escapatoria alguna durante el sismo, protegió a su pequeño hijo cubriéndolo con su cuerpo para que pudiera vivir. El niño se encontraba durmiendo y en perfectas condiciones según el doctor que lo revisó, pero guardaba algo…

Al destaparlo, un teléfono cayó desde la manta que lo cubría, y en la pantalla estaba escrito “Si puedes sobrevivir, tú tienes que recordar que te amo”

 

 

Quiero ser mamá

La historia comienza cuando Elizabeth conoció a Max. Luego de dos años de una romántica e intensa relación, a la joven le detectaron un tumor fulminante. Ella no quería luchar y le propuso a su novio viajar por el mundo hasta que se fuera apagando poco a poco, pero esté no soportó la idea de perderla tan fácilmente. Sacó de su bolsillo un anillo y le pidió que fuera su esposa. Al mes siguiente se casaron.

Elizabeth quedó embarazada y el cáncer había frenado su avance, pero las noticias no pudieron ser celebradas pues unos días después de haber recibido la noticia, los médicos la notificaron del regreso del tumor. Y pese a que fue extirpado, la continuación del tratamiento con rayos y resonancias, afectarían el natural desarrollo del embarazo.

Elizabeth decidió ser madre.

Lily Anne Joicenació a los siete meses, con una cesárea prematura, pero en perfectas condiciones. La felicidad de tener a su hija en sus brazos fue más grande que el hecho de saber que el cáncer se había ramificado por su cuerpo, ocupando los pulmones, al abdomen y el corazón. Elizabeth fue dada de alta y enviada a su casa a disfrutar a su pequeña, mientras el tiempo se lo permitiera.

“Nos sentamos, lloramos, nos contamos todo. Nos dijimos adiós” contó Max, quien recuerda como fueron los últimos dos meses de su esposa. Disfrutaron a su hija juntos la cuidaron, la amaron, hasta que un 9 de mayo, en la cama de un hospital junto a Max, Elizabeth falleció.

 

 

Una dura decisión

Hay historias tristes. Otras muy tristes y que marcan para toda la vida. Y es lo que ha vivido Wardo Mohamud Yusuf, una mujer keniana de 29 años, que, debido a los graves problemas de pobreza y hambruna de su país, decidió huir con sus dos hijos, uno de cuatro años y el otro de 12 meses.

El problema se presentó cuando caminaban hacia la localidad de Dadaab. Después de algunos kilómetros, el mayor de los pequeños se desmayó, la madre lo intentó re animar vertiendo un poco de agua sobre su cabeza, sin encontrar resultados positivos. Pidió ayuda, sin encontrar lamentablemente algún socorro en la localidad. De ahí en más, vino la terrible decisión. “Finalmente, decidí dejarlo atrás, en el camino y al amparo de Dios“, confesó Mohamud Yusuf.

Después de haber tomado la decisión más difícil de su vida, la progenitora se mostró totalmente devastada por el actuar que tuvo en ese momento, relatando una conexión terrible. “Ahora vuelvo a experimentar el dolor de abandonar a mi hijo. Me despierto por las noches y pienso en él. Me siento aterrorizada cuando veo a un niño de su edad”,explica el sitio time.com.

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